
Este texto empieza con el recuerdo de la pregunta capciosa de cuando párvulo: “¿has probado la vomitada?” y como todos los infantes en necesidad de encajar contestábamos sin dudar “noooo, por supuesto que no, osea yo ¿cómo?” y te arremetían para hacerte quedar en ridículo que no es que agarres tu cuchara y rasques la vomitada que ya chupó el diablo, sino que el sabor lo conoces de ida, en su paso al exterior por tu cavidad bucal. Lo mismo pasa con las flemas.
Todos conocemos el sabor a flema, a menos que seas de esos(as) princesitos(as) que se jactan de nunca haber vomitado o expectorado una crujiente flema. Es un sabor diferente al del moco, —again, el que nunca lo haya probado por culpa de la curiosiodad o nunca haya escupido un pollo, que arroje la primera piedra— que se limita a sólo ser saladito. Este es un sabor más consistente, más… trabajado; digamos. Y (si aún no he dicho suficientes cerdadas) no es del todo desagradable; tampoco afirmo que sea una delicia, pero no es como la caca que nomás de acercártela te hace probar, una vez más, la vomitada.
Como todas las cosas que pasan por nuestro sistema digestivo, esta famosa expectoración, no está libre de color, olor, o textura ¿quieres que las describa? Bueno solo porque tú lo pediste. Me impacta la manera de cambiar su color según el grado de añejamiento. Hoy tuve la honorable visita matutina de una fosforescente, ayer ya para acostarme parecían simples mocos e incluso se han presentado, en la última semana, las cafés. Mi hipótesis se basa, repito, en el grado de añejamiento: después de ocho horas de dormir sin expulsar nada, se van concentrando hasta obtener esos aguacatosos colores.
Del olor creo que ya hablé demasiado porque hay que recalcar que su olor es el responsable de su sabor, porque las queridas gelatinosas ni saladitas son. Eso sí, aquí hay otro ejemplo de que no todo sabe a pollo (por el lado que lo quieras ver). Y no sólo es el color y sabor lo que las caracteriza, también está su consistencia, que aparentemente también depende del grado de añejamiento. Las de la mañana además de radioactivas se presentan agarrosas, al grado que si están sin que se les eche agua se pegan más fuerte que la colaloca. Y esta textura pasa por toda la gama hasta ser prácticamente baba, como el final de la chela.
Lamento (en realidad no tanto) haberte hecho leer tanta puercada, pero ahora he podido manifestar mi frustración por tener que ir al baño cada vez que toso. Por que no hay por dónde lo quieras justificar escupir es mucho más asqueroso que cualquier cosa leída. Aunque es la única forma de evitar los estragos del añejamiento.
Epígrafe. Te recomiendo el post Escupir es de mala educación de La Maga. Por cierto la foto no representa las flemas sino un periodo muy fértil. Es que al estar buscando fotos me dio un motón de asco ver las flemas ajenas… chale.





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